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Junio de 2016. En un gran poblado de casas de barro en Kenia, un grupo de voluntarios atiende una escuela de Primaria. Al final de una dura jornada de estudio, decide llevar a cabo un juego que no olvidará. Colocan en medio de una explanada de piedra y arena, una gran cesta de alimentos. Dan instrucciones a los chavales, de entre 5 y 12 años, de colocarse alineados en los extremos del patio. Al oír la señal, correrán hacia la cesta de alimentos, que será propiedad del que llegue primero. “READY? STEADY?... GO!” y salen disparados como un trueno, entre risas y polvo. El mayor de todos, lidera la competición. Cuando se encuentra a un metro de la gran meta, frena en seco y alza los brazos bien altos al cielo, con las palmas de las manos abiertas. Le imitan los demás, y van cerrando un círculo alrededor de la tan deseada cesta. Cuando el círculo está cerrado y no queda nadie fuera, enlazan sus manos y juntos alcanzan la cesta con gritos de júbilo. “¡La cesta es de todos, la cesta es de todos!”. Los mayores reparten a los pequeños y aquello se convierte en la multiplicación de los panes y los peces, sólo que a base de ceder bocados. Todos disfrutan de una pequeña vianda y el juego ha sido un éxito rotundo.

Traslademos este experimento al patio de nuestro querido Stella Maris y… es posible que nos sorprendamos gratamente. Aunque no necesariamente. La pobreza en el poblado del que hemos hablado es radical. Se respira y se ve. En el hedor delambiente y en el río mugriento en que los niños juegan, enferman y mueren. Es absolutamente imposible que el carácter forjado por esos niños, sea parecido al de nuestros hijos, o incluso al nuestro. Pero todos quisiéramos la misma reacción generosa y alegre: “¡la cesta es de todos!”.

Existe un submundo ahí fuera, al que es muy fácil volverle la cara. Pero necesita nuestra ayuda. Y no está tan lejos. Gabriel y Raquel, amigos de profesión, tocaron fondo en su gran carrera y alcanzaron méritos, pero no quisieron seguir por ese camino y destinaron todo su potencial a crear una ONG y a servir a sus países de origen. Les movía más el amor a su tierra, a sus compatriotas, que su amor propio. Maite, otra amiga querida, despliega todo su potencial rezando por el triunfo del bien en el mundo desde el Convento de las Clarisas en Burgos. Encontró ahí su vocación y se entregó completamente. Le podía más el amor a Dios y al mundo, que su amor propio. Muchos otros actualmente aprovechan la oportunidad que les brinda su labor profesional o posición social, para intentar mejorar la parcela del mundo que se encuentra a su alcance, y se esfuerzan con bastante éxito.

La vocación o misión que recibimos cada uno, es una llamada a buscar un destino para el Amor que hemos recibido y descubierto. Ese destino, para los que construimos una familia es, en primer lugar, nuestra familia. Nuestro cónyuge, a quien nos entregamos a cada rato, en detalles grandes o pequeños. Nuestros hijos, a los que enseñaremos a compartir y a amar, para conseguir una reacción lo más parecida a la de aquél patio en Kenia. La familia de origen, amigos, colegio, personas con las que nos cruzamos. Renunciar al egocentrismo y ponernos al servicio de los demás es, además del camino más rápido a la felicidad, el origen del cambio que queremos para que este mundo en el que decidimos vivir, sea mejor cada día, y nosotros seamos protagonistas de esa mejora.

Elena Losada

Abril 2017

HISTÓRICO DE APA

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