Artículo APA Septiembre 2014

La confianza innecesaria pero inevitable

Vanessa Silvano, Juan Pablo Serra - Padres de alumnos

 Un tutor respaldado es un niño fuerte, decía el P. Juan Antonio Granados, dcjm, en la reunión con los padres del inicio de curso. Y, de entrada, parece difícil disentir con la verdad que teóricamente expresa esa frase. Es más, en la práctica, los padres sabemos bien que eso es así, pues fácilmente comprobamos que desautorizar a nuestros profesores no aumenta la autoestima del niño ni mejora su rendimiento académico. Tan sólo multiplica su egocentrismo. Con lo cual, dicho lisa y llanamente, el no respaldar a los tutores de nuestros hijos suele terminar en nuestra contra, pues con esta acción el chaval aprende algo que quizá no hemos querido enseñarle: que puede cuestionar todo y que no tiene por qué confiar en nadie. Pero, con ello, ha perdido algo más serio, a saber, la posibilidad de contar con asideros para guiar su existencia.

Quizá el problema, muy acuciado en nuestros días, es que el principio que enunciaba el P. Granados es algo que sólo aceptamos… de entrada, teóricamente, sólo en abstracto. Porque, en lo concreto, con mucha facilidad nos damos al cuchicheo, a las comparaciones, a la crítica desmesurada y a las exigencias. Y, se quiera o no, esa actitud nociva se la terminamos pasando a nuestros hijos. Sin darnos cuenta, nos hemos contagiado de una mentalidad —según muchos autores, nacida al albur de mayo del 68— contraria a cualquier tipo de autoridad y proclive a reaccionar con rabia y resquemor ante cualquier medida que no venga precedida de un catálogo exhaustivo de justificaciones. Y, a veces, ni siquiera así, pues diera la sensación de que estamos tan pagados de nosotros mismos que ninguna explicación está por encima de nuestro criterio. De esta manera, poco a poco hemos ido “tensando” las relaciones sociales hasta el punto de que la convivencia parece ser una máscara. En el fondo, hemos interiorizado aquello de que el hombre es un lobo para el hombre, que el estado natural entre los seres humanos es de guerra y demás metáforas con que los modernos quisieron convencernos de que los hombres no somos sociales por naturaleza sino por conveniencia.

Algo de razón no les faltaba. Que los seres humanos seamos sociales no significa que la convivencia sea fácil. Pero, en lo fundamental, estaban equivocados, pues la autoafirmación o la autonomía absoluta no es el punto de partida original del ser humano sino, más bien, un movimiento reactivo, una retracción, como decía Julián Marías.

Lo originario en el hombre, añadía, no es el aislamiento: no se «está solo», sino que uno «se queda solo». Lo primario en el ser humano, previo al quedarse solo y también a la condición ciudadana, es la convivencia personal, esa forma de relación en la que somos tratados como “alguien” y no “algo”, como un “tú” y no un “ello”.

En el fondo de nuestros problemas de convivencia late una concepción profundamente equivocada de lo que es la confianza, que no es algo que concedemos cuando el otro demuestra y prueba que la merece sino, por el contrario, una prestación adelantada que no es necesario ofrecer pero que resulta inevitable otorgar si queremos vivir humanamente con los demás. Y que, pese a hacernos más vulnerables, sólo puede otorgarla quien posee un yo fuerte. Como explicaba Robert Spaemann hace algunos años, todo abandonarse a otros es repetición de una “confianza originaria” del niño en su madre que, si no la había al principio, trae como consecuencia una debilidad del yo. Un niño que no puede confiar en sus padres tiene, por definición, un déficit de recursos para enfrentarse al mundo. Un niño que es educado bajo la premisa de que nadie es merecedor de confianza porque sí, en el fondo, no es fuerte sino rígido, desprovisto de la fuerza que proviene del amor. El que ama, decía Spaemann, está dispuesto a dar una confianza no justificable objetivamente ni en función de la experiencia. Pero, a cambio, se abre a la posibilidad de una relación flexible con otros, no mediada por el cálculo, el interés o la sospecha.

Por esto, en definitiva, un tutor respaldado equivale a un niño fuerte: quien respalda, confía, y para confiar ha de estar lleno de esa fuerza para vivir que proporciona el amor. La confianza es una convicción, una apuesta razonable que está cargada de esa inteligencia profunda del amor, que hace ver lo fundamental y deja al margen lo accesorio. En el caso de nuestros hijos, la apuesta está cargada de esa inteligencia de la realidad que nos lleva a entender que, en el fondo, la confianza la depositamos antes en el colegio y su proyecto que en el tutor particular. Más allá de las eventuales desavenencias y las complicaciones del día a día, la propuesta de respaldar al tutor nos invita a redescubrir, desde el corazón, las razones por las que apoyamos (o no) a nuestro colegio.

HISTÓRICO DE APA

Contacta con Nosotros

Si desea contactar con el centro, puede llamarnos a este número de teléfono o enviar un email a la siguiente dirección.

Conecta con nosotros

Estamos en las redes sociales. Únete a nosotros y contáctanos.