Artículo APA Junio 2014

¿Leer nos mejora?

Vanessa Silvano, Juan Pablo Serra - Padres de alumnos

Reconozcamos un hecho. Si el colegio, los padres y las autoridades públicas animan a la lectura es porque leer… no es fácil. Leer bien, al menos. Requiere tiempo, exige disponibilidad y, sobre todo, mucho esfuerzo. Cualquiera puede leer un cartel de “prohibido pasar”. No todos podemos leer a Vasili Grossman, Pérez Galdós, Bernanos, William Goldman, J. M. Coetzee, Cervantes o Chaucer, por poner algunos ejemplos aleatorios. Hay otro hecho más inquietante. Cuando educadores y animadores culturales animan a la lectura, asumimos, lo hacen convencidos de la utilidad de tal actividad.

Innumerables pensadores y escritores nos han contado para qué “sirve” leer. Pero lo cierto, como decía el ensayista francés Alain Finkielkraut hace algunos años, es que no hay ninguna garantía de que leer nos haga mejores. Por desgracia, recordaba, “el siglo XX nos ha enseñado que hay gente muy cultivada capaz de comportarse de una manera detestable”. Con lo cual, pareciera que volvemos a empezar. ¿Sirve para algo la lectura?

Convengamos, por lo pronto, en que cuando “enganchamos” con ellos, los libros y la ficción en general son un buen antídoto contra el aburrimiento. Y no es poco. Otro escritor, esta vez español y contemporáneo, Javier Cercas, decía que esa función no es nada trivial, habida cuenta de que la mitad de los pecados de los seres humanos los causa el miedo al aburrimiento. Pero también mentir y robar nos entretienen, y no es algo que recomendemos a nadie.

El entretenimiento que procura la lectura debe tener algo superior, cualitativamente mejor. El filósofo Jaime Nubiola suele repetir que leer ensancha la imaginación al fundirla con la de sus autores y que, así, “nos descubre que lo más íntimo e inefable de nosotros mismos es parte de la experiencia humana universal”. En el fondo, nos hace sentirnos comprendidos y, en cierta manera, queridos. Pero, ¿mejores? Otros autores, Daniel Innerarity entre ellos, insisten en que la ficción produce un rendimiento cognoscitivo porque nos permite ver la vida como un todo, como una unidad de sentido donde tanto lo que hacemos voluntariamente como lo que simplemente nos ocurre, conduce a la felicidad o a la desgracia. Este conocimiento puede producir un estímulo para la modificación de la propia vida, para ser mejor, pero ¿puede asegurarlo?

No podemos anticipar cuándo sucederá y ni siquiera si, de hecho, sucederá esa modificación. Eso es lo que hace que la mejora de uno mismo que procuran los libros ni sea preceptiva ni previsible sino —empleando categorías derridianas— un verdadero acontecimiento, posible porque ocurre y ha ocurrido a tantos lectores y, a la vez, imposible por ser inesperable e incalculable.

Precisamente por ser imprevisible, nos compete a cada uno mostrar la posibilidad de esa mejora: en la dirección de la propia vida, en la comprensión del mundo y las mentalidades, en el conocimiento del otro… o en lo que sea que esté por venir.

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