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Enero es un mes existencial. Aún cuando septiembre sea el que marca el inicio del curso, este es el que nos recoloca. El mes de los propósitos y arranque de intenciones. Sirve para ver cómo va la navegación, si nos dirigimos a buen puerto o corremos riesgo de encallar. Y no hablo sólo de alumnos y docencia.

Enero pide una pregunta, que es la cuestión existencial por excelencia; más profunda aún que el ¿Quién soy? Interrogarse por el ¿Dónde estoy? Unacuestión que se encuentra en el corazón de la experiencia humana. La diferencia entre ambas es de una importancia fundamental. Al occidental y griego ¿Quién Soy? le sumo la tradición oriental semítica de mi cultura y mi tradición. Toda mi vida a vueltas con ambas.

Cuando Dios llama a Adán en el Jardín de Edén, le pregunta dónde está y Adán sale de su escondite: «Oí tu ruido en el Jardín y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí» (Gn 3,10). Adán admite tanto sus sentimientos como sus actos. Toma sus debilidades al peso. Lo que soy, lo que quiero ser, lo que otros esperan de mí. Adán es consciente de dónde está física y emocionalmente. Y con todo esto sale de su escondite.

¿Quién soy yo?” deja aislado al yo. Para responderla debo volverme hacia dentro, hacia mí. Y al volverte al interior, te separas del mundo que te rodea. Por el contrario, “¿Dónde estoy?”, sitúa el yo en relación. Para responder necesitas volverte tanto hacia dentro como hacia fuera; debes situarte en el mundo (tanto en el mío como en el de otros). Para responder al “¿dónde?” tienes que abandonar del todo la noción de interior y exterior, y ver la realidad como una totalidad sin costuras. Y no es fácil.

Ésta es la suprema prueba espiritual. ¿Puedes salir de tu escondite, como Adán, sin cambiar algo? La mayoría de nosotros, hasta los que afirman con vehemencia que “son como son, pese a quién pese”, creemos que antes de poder presentarnos ante otros, ante el mundo, ante Dios, debemos cambiar, o al menos adaptarnos para estar a la altura de lo que esperan de nosotros. Pero la verdad es que no hay ningún otro lugar donde podamos estar. Ser capaces de decir “lo que hay es lo que ves” es una prueba de madurez, de tal aceptación, que da vértigo.

Y esto es lo que nos pasa en el mes de enero. Que nos enfrentamos a la cruda realidad de la altura al que quedaron nuestras expectativas no hace tanto.

“Dónde estoy” lleva implícito el verbo ser, y éste es de los más complicados en castellano. Es un verbo que prácticamente no significa nada, una irregularidad latina. Procede del latín sedere, que significaba “estar sentado”. Y nada más lejos de la realidad. Estar o ser, es un verbo de acción. De hecho, ahí está la clave cuando Moisés baja de Moria con las tablas y le pide a Dios que le diga su nombre. «Los de abajo querrán saber quién eres». Y tener el nombre de Dios, conocerlo, supone que si lo llamo, tal vez responda. Y eso ya nos pone en relación. La respuesta no es enigmática. “Yo soy el que soy” es el nombre inefable que le da a Moisés. Soy el que será siendo, el que se manifestará existiendo. Algo así como, “me verás cuando actúe y entonces sepas que YO soy”.

La vida se vive en primera persona, en relación, en acción. Y en ese encuentro el otro siempre es fuente de conocimiento para mí. Me muestra mi rostro, tanto en el encuentro como en el desencuentro. Poco que comentar a lo que ya han dicho: ¡Que necesito del otro! Por eso preguntarse por dónde estoy en este mes de enero, lejos de ser una declaración ególatra, me entrega con fuerza una afirmación: En el tú, descubro el yo. Y no dejo de sorprenderme.