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Bienvenidos a este curso que ya desde su inicio está siendo tan intenso y movido.

Quizás este pequeño artículo tenga alguna pincelada autobiográfica y no sea tan estrictamente sanitario como han venido siendo hasta ahora, pero creo que es importante mirar este momento de la historia, de nuestra historia con otros ojos, con otra mirada.

Durante el mes de septiembre suelo pasarme por cada una de las clases para saludar a los alumnos, darles la bienvenida y ver sus caras sonrientes y deseosas de aprender, de jugar, de relacionarse; y este año, además de continuar con las rondas de saludos, estoy haciendo hincapié, en las medidas que tenemos a nuestro alcance para mantener el coronavirus a raya y disminuir contagios.

Una de estas medidas es la mascarilla, que tenemos que llevar todo el día puesta quitándonosla solo para comer y beber.  Con ella adquieren especial relevancia los ojos, la mirada. A través de ellos uno puede reconocer en el otro si hay alegría (se puede sonreír y reír con los ojos), tristeza, sorpresa, enfado, frustración, ilusión, calma… hoy más que nunca hay que saber “leer” la mirada del otro para poder acercarme a él.

Casi toda mi experiencia laboral ha transcurrido en hospital, en la planta y en el hospital de día de Hematología, en el que trataba con personas con enfermedades de la sangre: leucemias, linfomas, mielomas… cuyos ingresos eran prácticamente de mínimo un mes. Por el tipo de patología que tenían estaban en habitaciones de aislamiento con aire filtrado y presión positiva, medidas necesarias porque son pacientes con defensas muy bajitas e incluso inexistentes en algunos momentos de su tratamiento. Cada vez que les atendía tenía que llevar mascarilla y cuando salían de la habitación eran ellos quien debían portarla. En esos 5 años que estuve trabajando allí pasé por momentos muy muy duros y también muy muy alegres. Recuerdo muy gratamente esos años de mi historia que me construyeron como enfermera y como persona y en los que aprendí, entre muchas otras cosas, a saber mirar y ver más allá, a entender sin hablar, aprendí a consolar, a llorar y fortalecer, a derrumbarme y levantarme, a reír y también a amar… y todo esto con la mirada, “solo” con la mirada.

Este año tenemos la oportunidad de reconocer la mirada como un don, para poder también reconocer al otro como el regalo que es en sí mismo. Ciertamente las mascarillas pueden suponer un parapeto en el que escondernos y aislarnos, pero es la ocasión perfecta para aprender a fijarnos en los detalles, preguntar, salir de nosotros mismos al encuentro del que tengo al lado y descubrir la grandeza de saber mirar.

Ms. Alicia Cabañas Sastre, Enfermería Colegio Stella Maris La Gavia