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El célebre “test de la golosina”, realizado en los años 60 en la universidad de Stanford, ha dado mucho que hablar. Liderado por Walter Mischel el experimento era sencillo: situaban al niño frente a una golosina de aspecto atrayente (la clásica “nube” americana). Le decían que si era capaz de aguantar veinte minutos sin comerla le darían dos golosinas. Obviamente hubo de todo: los que se abalanzaron al comienzo, los que intentaron aguantar sucumbiendo antes de tiempo y los que conquistaron las dos golosinas. Lo interesante vino con el seguimiento hecho durante años a esos niños. Con 40 años cumplidos había una correlación alta entre los niños que supieron aguantar y la estabilidad de las relaciones y la obtención de objetivos en su vida adulta.

Pero Mischel destaca algo que para nosotros, padres y educadores, ha de tenerse bien presente. La cuestión más importante del experimento no es sólo la “fuerza de voluntad”. La luz más importante es comprender las estrategias que utilizaban los niños para vencer el impulso inmediato de la golosina presente. Esta estrategia, siendo variable entre unos y otros, tenía siempre unos rasgos característicos: distanciarse del elemento que causa la dispersión y descentra; recordar el bien que se busca (la promesa), las dos golosinas, asociándolo a personas que confían en mí; encontrar un modo de tejer el tiempo saliendo de mí mismo.

El primer elemento nos abre la gran pregunta sobre las fuentes de dispersión del hijo. Recuerdo el caso de un adolescente que, queriendo estudiar y desesperado por el tiempo que perdía en internet, pidió a su padre estudiar junto a él en el salón de casa. ¿Cuántos de nuestros hijos sufren lo mismo o se desesperan sin decirlo?

Me interesa destacar el segundo elemento. Espero algo, y soy capaz de ser fiel en la espera, porque alguien me lo ha prometido. Las promesas de los que queremos nos ayudan a ir tejiendo el tiempo, a ir llevando adelante los proyectos y compromisos con fidelidad. En los vínculos se contiene una fortaleza del todo singular para el niño, única. Bebe de ellos. Se fía. Y en la medida en que reconoce el fruto del fiarse se va fiando más y más. Es por ello que hay que darle palabra al niño y hay que pedírsela. Darle palabra, ofrecerle retos comunes conforme a la edad. Pedirle palabra, pedirle pequeñas responsabilidades con la familia y con la clase que le alegrarán. Y así, poco a poco, el hijo- recibiendo y dando- aprende a esperar.

El tercer elemento, tejer el tiempo saliendo de uno mismo tiene también su luz. El horario ordenado para el niño y el adolescente son decisivos. Ha de pactarse juntos y ha de irse ritmando en ambiente adecuado. Es clave ayudar al joven a mirar futuro: planificar con él los tiempos y establecer una estrategia adecuada para llevar a buen puerto el plan. Los vínculos del hogar y del colegio unidos generan una confianza única. Si hay solidez en ellos el mundo del niño está estable, puede ir venciendo sus impulsos de inmediatez, sus caprichos, porque tiene ancla en aquellos que se fían de él.

Este tiempo pandémico tiende a la dispersión. Datos que aturullan por su intensidad y su volubilidad cambiante. Nervios por medidas inciertas y dificultades de diverso tipo. Frente a la dispersión, el vínculo. Frente a un mundo alocado por el virus, hogares y aulas con claridad y determinación en el paso a dar. Que nadie contagie nuestra alianza pues en ella se hacen capaces de vivir el tiempo nuestros herederos.