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Hace unos días conocí a un joven que había sido adicto a los video juegos. Lo que me llamó la atención no fue tanto conocer el drama que sufre el niño o joven “enganchado” hasta límites extremos (por ejemplo, en este caso, 36 horas seguidas sin parar de jugar) sino la pobreza en la que se va quedando: la soledad tremenda que lleva, incluso, a pensar en “quitarse de en medio” (así me lo dijo el joven).

Este joven me decía que es sutil, que uno no se da cuenta. Sencillamente va “echando” más horas cada día a jugar y, poco a poco, todo lo que no sea jugar va pasando a lugar secundario. El drama es que los mismos padres y profesores en ocasiones tampoco se dan cuenta. A veces porque todo transcurre por la noche y achacamos a su preadolescencia o adolescencia (o sencillamente al “tiempo actual”) los largos tiempos de pantalla y juegos. Pero otras veces, siendo honestos, no se ve “porque no se quiere ver”. Al ser tema complejo (todos lo hacen, ¿cómo poner “vallas al campo”?) y conflictivo (el joven protege con todo su ser su “territorio- pantalla”, y a más adicción lo protegerá con más agresividad) los padres y también en ocasiones los profesores, podemos caer en la “procrastinación”. Es decir, dejarlo para “mañana”. Pero mañana, lo sabemos muy bien, será peor y, en ocasiones, será tarde.

La situación de “explotación” a la que están sometidos nuestros niños y jóvenes es algo buscado por los que sacan beneficio de su consumo, de sus adicciones. Es por ello que no hemos de escatimar alianzas y hemos de poner mucha inteligencia y afán común en ello. Lo que sí sabemos es que el bien irradia y que nuestros hijos están hechos para degustarlo. Toda forma de mal, de hecho, se vale de una apariencia de “bien” para atraernos. Si somos capaces de ir dotando a nuestros hijos de esa serenidad para ir más allá de lo aparente (de lo impulsivo, de lo inmediato, de lo que me apetece más) y ahondar en la verdad de las cosas les habremos salvado. 

¿Qué propongo en estas breves líneas? El mejor antídoto. Frente al espectador (por muy activo que parezca lo de los “juegos electrónico” no deja de ser una variante de espectador) hemos de despertar al protagonismo. Toda forma de red familiar y de amistad que suponga encuentro real, cara a cara puede sumar. Desde luego la clave está en desarrollar prácticas comunes en torno a las artes, al deporte, a la literatura o la investigación. Localizar los puntos de genio del hijo, del alumno, e irlos potenciando juntos familia y colegio.

Toda forma de encuentro real en torno a algún tipo de bien, toda conversación (en torno a la mesa, al degustar los buenos alimentos que tenemos delante) en la que se comparta la vida con toda su bondad y belleza va sumando.

Propongo tres luces concretas que hemos de plantearnos como educadores: en primer lugar, ¿en quién confía el hijo (tutor, profesor, entrenador…) que puede ser apoyo para afrontar cualquier dificultad?; segundo, ¿qué aspecto académico, artístico, deportivo… le atrae que pueda servir de punto de apoyo para mover su querer? (desde luego será clave hablar esto con el tutor); tercero, ¿cómo tiene organizada la jornada y en qué modo en esa jornada hay momentos de encuentro familiar bien pactados?

La apuesta por los “gremios” en el colegio es una apuesta por el genio que cada niño atesora, por su grandeza, cultivado con otros para que no se eche a perder. El ir juntos en el canto, con el teatro, preparando un viaje, cultivando la oratoria, investigando en el laboratorio o en robótica, leyendo relatos juntos e interpretándolos, preparando el partido siguiente y animándonos unos a otros a dar lo mejor… Cada cosa, y la suma es alta, nos ayuda a ir triunfando. Porque en cada bien que descubre el niño, aparece un vínculo nuevo que contribuye a una red real que, bien aprovechada, será cimiento de futuro. Es decir, fundamento sólido para que cada hijo/alumno disfrute de esa vida grande y bella a la que está llamado.